Shakespeare utilizó como orador a Bruto al menos dos veces: una en Julio César y otra en The Rape of Lucrece. El discurso, muy famoso, de la primera obra es técnico, político, casi jurídico en su concepción. La respuesta de Marco Antonio, extraordinariamente bella y más célebre que toda la obra en su conjunto, inflama el ánimo del pueblo romano que, al final, pide la cabeza de Bruto. La caída en desgracia del personaje se refleja a mitad del discurso de Antonio, cuando Shakespeare escribe:
Muy distinto es el final de The Rape of Lucrece, en el que Bruto consigue expulsar a los reyes de Roma y constituir la República, vengando la muerte de la violada Lucrecia. Su discurso completo, y la reacción del auditorio, se describe así:
Pero seamos justos: no rehabilitó a nadie, y el título de la entrada es por confundir. En realidad los dos Brutos no son la misma persona. Son Junios, ambos-familia- pero Marco Junio Bruto, asesino de Julio César infamado hasta el hartazgo-sus motivos tendría- es sólo un familiar lejano del tal vez legendario Lucio Junio Bruto, fundador de la República de Roma. De ahí que Bruto-el tataranieto- se sintiera en la obligación de evitar monarcas algunos siglos después. No habrá nadie que niegue, aunque pese, que la nobleza romana servía perfectamente para recordar cuál era el propio deber. Después, no: el noble romano es un patricio, los nobles posteriores serán colonos, y recordarán el deber único de llenar la panza. Vino Dios a vernos con lo germánico, proclamo.
A lo que interesa: Shakespeare sentó las bases del Bruto de 1599 un par de años antes. Se agradece. Y a Tito Livio no digamos, llega a pillarle cansado esa mañana y nos deja sin ópera.
Cambiemos de tercio. Doscientos y pico años después Christina Rossetti, que tenía el deber de ser una poetisa inmortal por lo mismo que tenía que defender Bruto la República, publicará por primera vez un poema suyo, The Goblin Market. Tenía 32 años y es importante saberlo, aunque sea sólo por consolarse y aceptar con Ortega y Gasset que hasta los treinta años lo que uno tiene que hacer es rascarse la panza y repasar de vez en cuando. De escribir, nada: los niños prodigio no dejan de ser niños y, diría Ortega, Tolstoi escribió ya talludito, en su punto, con el pedazo de carne sangrante y adictivo pero no sin descongelar. The Goblin Market es muy hermoso, y es buena poesía porque es hermosa, también, sin interpretar. Si no se entiende, no es poesía, sino estafa. La poesía es sólo sonoridad, para recordarla.
Morning and evening
Maids heard the goblins cry:
‘Come buy our orchard fruits,
Come buy, come buy:
Apples and quinces,
Lemons and oranges,
Plump unpecked cherries,
Melons and raspberries,
Bloom-down-cheeked peaches,
Swart-headed mulberries,
Wild free-born cranberries,
Crab-apples, dewberries,
Pine-apples, blackberries,
Apricots, strawberries;—
All ripe together
In summer weather,—
Morns that pass by,
Fair eves that fly;
Come buy, come buy:
Our grapes fresh from the vine,
Pomegranates full and fine,
Dates and sharp bullaces,
Rare pears and greengages,
Damsons and bilberries,
Taste them and try:
Currants and gooseberries,
Bright-fire-like barberries,
Figs to fill your mouth,
Citrons from the South,
Sweet to tongue and sound to eye;
Come buy, come buy.’







