Shakespeare utilizó como orador a Bruto al menos dos veces: una en Julio César y otra en The Rape of Lucrece. El discurso, muy famoso, de la primera obra es técnico, político, casi jurídico en su concepción. La respuesta de Marco Antonio, extraordinariamente bella y más célebre que toda la obra en su conjunto, inflama el ánimo del pueblo romano que, al final, pide la cabeza de Bruto. La caída en desgracia del personaje se refleja a mitad del discurso de Antonio, cuando Shakespeare escribe:

Muy distinto es el final de The Rape of Lucrece, en el que Bruto consigue expulsar a los reyes de Roma y constituir la República, vengando la muerte de la violada Lucrecia. Su discurso completo, y la reacción del auditorio, se describe así:

Pero seamos justos: no rehabilitó a nadie, y el título de la entrada es por confundir. En realidad los dos Brutos no son la misma persona. Son Junios, ambos-familia- pero Marco Junio Bruto, asesino de Julio César infamado hasta el hartazgo-sus motivos tendría- es sólo un familiar lejano del tal vez legendario Lucio Junio Bruto, fundador de la República de Roma. De ahí que Bruto-el tataranieto- se sintiera en la obligación de evitar monarcas algunos siglos después. No habrá nadie que niegue, aunque pese, que la nobleza romana servía perfectamente para recordar cuál era el propio deber. Después, no: el noble romano es un patricio, los nobles posteriores serán colonos, y recordarán el deber único de llenar la panza. Vino Dios a vernos con lo germánico, proclamo.

A lo que interesa: Shakespeare sentó las bases del Bruto de 1599 un par de años antes. Se agradece. Y a Tito Livio no digamos, llega a pillarle cansado esa mañana y nos deja sin ópera.

Cambiemos de tercio. Doscientos y pico años después Christina Rossetti, que tenía el deber de ser una poetisa inmortal por lo mismo que tenía que defender Bruto la República, publicará por primera vez un poema suyo, The Goblin Market. Tenía 32 años y es importante saberlo, aunque sea sólo por consolarse y aceptar con Ortega y Gasset que hasta los treinta años lo que uno tiene que hacer es rascarse la panza y repasar de vez en cuando. De escribir, nada: los niños prodigio no dejan de ser niños y, diría Ortega, Tolstoi escribió ya talludito, en su punto, con el pedazo de carne sangrante y adictivo pero no sin descongelar. The Goblin Market es muy hermoso, y es buena poesía porque es hermosa, también, sin interpretar. Si no se entiende, no es poesía, sino estafa. La poesía es sólo sonoridad, para recordarla.

Morning and evening

Maids heard the goblins cry:

‘Come buy our orchard fruits,

Come buy, come buy:

Apples and quinces,

Lemons and oranges,

Plump unpecked cherries,

Melons and raspberries,

Bloom-down-cheeked peaches,

Swart-headed mulberries,

Wild free-born cranberries,

Crab-apples, dewberries,

Pine-apples, blackberries,

Apricots, strawberries;—

All ripe together

In summer weather,—

Morns that pass by,

Fair eves that fly;

Come buy, come buy:

Our grapes fresh from the vine,

Pomegranates full and fine,

Dates and sharp bullaces,

Rare pears and greengages,

Damsons and bilberries,

Taste them and try:

Currants and gooseberries,

Bright-fire-like barberries,

Figs to fill your mouth,

Citrons from the South,

Sweet to tongue and sound to eye;

Come buy, come buy.’

(más…)

Cicerón se pronunció sobre la prostitución al defender a Celio. No se cita mucho este pasaje de Pro Caelio (48-49), pero con el revuelo que hemos armado últimamente con las lumis conviene recordar que hace veintidós siglos tenían una mente mucho más abierta que la nuestra, porque nuestra cultura ha confundido desde el 68 abrir la mente con abrirse de piernas, cuando lo segundo suele ir de la mano de lo primero y aquí lo hemos evitado por, no sé, profilaxis o miedo virginal de carmelita a que nos penetre la inteligencia y se nos lleve por delante el himen paletil norafricano. Decía Marco Tulio, defendiendo a este pájaro:

Pero si hay alguno que piense que también está prohibido a la juventud el solazarse con amores meretricios es demasiado severo-no puedo negarlo-, y se aparta no sólo de la licencia de estos tiempos, sino también de las costumbres y francachelas de nuestros mayores. ¿Cuándo dejaron de frecuentarse las casas de esas mujeres? ¿Cuándo fue censurado? ¿Cuándo se prohibió? ¿Cuándo, por fin, sucedió que no fuera lícito lo que es lícito? Voy a concretar. No pronunciaré el nombre de ninguna mujer. Todo quedará en conceptos. Si alguna mujer no casada tuviera siempre su puerta abierta, para la satisfacción del gusto de todo el mundo, y se estableciera públicamente en una vida de meretriz, y la tal no se priva de asistir a los convites de los hombres más extraños, y esto lo hace en la ciudad, en los huertos, en aquel inmenso torbellino de confusión humana que es Bayas, y si, por fin, ella se comporta no sólo en sus movimientos, sino también en el lujo de su aderezo personal, y en la gente de que siempre va rodeada, no sólo en el asaetear de sus ojos, ni en el descaro de sus conversaciones, sino también en sus abrazos y en sus besos dados por doquier en las platas, en las embarcaciones, en los convites, de forma que parece no sólo una prostituta, sino una desvergonzada y provocativa prostituta; si con una pécora tal está eventualmente un joven, a éste, Lucio Herennio, ¿lo tendrás por adúltero o por galán?, ¿te parecerá que pretende violentar su pureza o desfogar el ardor de su propia pasión?

Igual, Séneca. Igual, Catón. El pensamiento era: si no se acecha la pureza, si se respeta la pudicitia, el sexo es pura terapia. Explere libidinem. Puede pensarse que la visión es tremendamente machista-el putero no es malo porque no puede corromper lo ya corrupto- pero por extrema es también, casi, socialista de pico en vena: si la prostitución-dicen- es una profesión de extraordinaria dignidad y merecimiento, ¿cómo iba a reprochársele al cliente cosa alguna?

Me permito defender a los citados. Existía una diferencia esencial en Roma entre la meretriz-de la que hablaba Cicerón- y la prostituta. Meretriz viene de merecer, y guardaban cierto recato en el ejercicio de la profesión. Sólo trabajaban, además, de noche. La prostituta hacía la calle, como hoy: eran llamadas prostibula por estar delante de las casas-stabula- a cualquier hora, buscando clientes y pasándose por la piedra a lo más granado del lugar. Pobres.

Durante los últimos seis meses sólo se habla de prostitutas, no de meretrices. Habría que distinguir. Las inmigrantes del Este que menean el bolso y la lycra mientras los churumbeles de Las Ramblas se comen el phoskito del recreo son prostitutas, polichuleadas y presumiblemente infelices. Los vecinos no pueden soportar su presencia, y los políticos-oh próceres clementes- no se atreven a meter mano porque de perspectiva van justitos. Si me preguntaran, diría: las calles limpias, amor. Todas meretrices y tan contentos: sanas, bien pagadas, protegidas, bajo techo y cotizando Seguridad Social. Y pagando el IRPF, ojito: me las va metiendo de paso en el Estatuto de los trabajadores.

-¡Es que entonces el putero se retrata!

-Me lo engancha por protección de datos o que no sea tan estrecho.

Ya que en Extremadura enseñan a pelársela a las juventudes podrían, en plan curso de reciclaje, formar meretrices de alto standing. Mejor que opositar o darse a la literatura, pueden creerme. Se ve que para modernizar nuestro pensamiento hay que retroceder en el tiempo-lástima- y Roma, que sirve para copiar la distinción entre la meretriz y la prostituta, se queda corta al lado de Atenas, en la que Solón estableció lupanares oficiales del Estado. Si me hicieran caso podríamos entrar triunfantes en una época dorada de las subvenciones al meretriazgo legal, porque subvencionar es un sub venire y al Estado, no es broma, le interesa practicar su hipocresía con las meretrices y sacar del cuadro a las prostitutas.

-No me entero. ¿Resumen?

-Una meretriz es una prostituta que sólo molesta a la esposa del putero.

Si se lo explicaran bien a esas señoras, meretrices todas, y a cotizar por la jubilación.

Claro que también iba a joderlas Hacienda. Ese cliente lo tienen todos los trabajadores.

Hace un par de días neutralizaron-uso el verbo que han empleado las agencias de prensa- dos embarcaciones de la Guardia Civil en las aguas que circundan el Peñón de Gibraltar. El Reino Unido argumenta que la presencia de dichas embarcaciones en la zona constituyó una violación de su mar territorial y que España debería abstenerse en lo sucesivo de vulnerar la soberanía británica en dichas aguas. La guardia Civil dijo: estábamos buscando. Y el Reino Unido dijo: pues me pides permiso y ya veremos. Diplomáticamente el asunto se ha resuelto rápido, porque es el equivalente a que los niños de una casa echen la pelota al patio ajeno y el dueño los pille saltándose la valla. Los padres se dicen “perdona, macho”, y a otra cosa.

Sin embargo muchos comentaristas, henchidos de orgullo patrio, han acusado a los británicos de inventarse ese mar territorial, que a su juicio no existe. Invocan que el tratado de Utrecht de 1713, por el que se cede el Peñón, sólo transmite el territorio y las aguas del puerto, sin existir mención del Mar territorial. Por tanto, dicen, Gibraltar no tiene 12 millas de aguas territoriales y la guardia Civil puede pasearse por allí como Pedro por su casa.

El Mar territorial es la franja adyacente a la costa sobre la que se proyecta la soberanía del Estado, es decir, una franja de océano que se trata como si fuera tierra de ese Estado. Al principio fue de 3 millas marinas, distancia que se justifica en la mitología jurídica con el alcance de una bala de cañón-siglo XVIII- y la capacidad del ojo humano para percibir el velamen de las naves que se aproximan a la costa. Este concepto defensivo, militar, se sustituyó por el de soberanía: la soberanía que se ejerce sobre la tierra accede al mar, por motivos económicos, ecológicos, pesqueros y policiales internacionalmente reconocidos. Todo país, desde su costa-más precisamente desde la línea de base trazada en su relieve costero, según la Convención del Mar de 1982- puede reclamar para sí 12 millas marinas de mar territorial. La cosa, simplificada, quedaría así:

 

Lógicamente no es necesario conceder  expresamente el mar territorial cuando se cede un territorio costero: no se tiene una soberanía sobre el agua, que es esencialmente inapropiable, sino que la soberanía estatal sobre la tierra se extiende hasta un máximo de 12 millas, como un eco, como una influencia inevitable. No existía en 1713 la Convención del Derecho del Mar de 1982, luego difícilmente podían hacerse consideraciones al respecto. Todo territorio tiene su mar territorial. Lo dice un Tratado Internacional del que España es parte, y no puede abstenerse de cumplirlo. Mientras Gibraltar sea británico el Reino Unido trazará una franja de mar territorial, con todo su derecho, desde Gibraltar, como consecuencia de que Gibraltar es suyo. En síntesis: el mar es un accesorio de la Tierra, porque los poderes que se conceden sobre él sirven para defender a la primera. No se puede ser dueño del mar a secas, como invocan algunos españoles, y en consecuencia no podría existir mar inglés en Gibraltar sin un Gibraltar inglés.

Desde luego no ha sido el caso, y sería sabio guardar energía para cuando España tenga razón. Dentro de tres años y pico, por ejemplo. Ahí la tendremos con todos los tratados internacionales en la mano, Utrecht incluido.

Lo que nos vamos a divertir.

Versión maña de la galleta china de la suerte, pero a la española: no te dice lo que viene, te dice lo que hay. Impagable.

Ladrillo de anís Virgen del Pilar

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En fin, addenda inmediata: http://www.elpais.com/articulo/espana/familiares/secuestrados/exigen/libere/piratas/detenidos/Espana/elpepuesp/20091106elpepunac_4/Tes

Los familiares del atunero vasco Alakrana secuestrado en Somalia han pedido:

A-que se libere a los dos piratas somalíes detenidos por la Armada en aguas del Índico y trasladados a España para ser juzgados, tal y como reivindicaron ayer los jefes tribales.

No depende del gobierno que los piratas que están siendo procesados sean o no liberados. Depende del poder judicial, que es plenamente independiente del primero y tampoco puede dejarlos en la calle de forma inmediata. Y menos, desde luego, plantarlos en Somalia. Que nuestros jueces no dependan del poder ejecutivo español implica, y no se escapará esto ni al más lerdo, que no dependen de un jefe tribal somalí. Nuestro gobierno tampoco debería hacerlo.

B- que se “descarte” la opción militar y se opte por una solución pacífica.

O sea, que se pague un rescate de forma inmediata. Un Estado no puede negociar con particulares en un plano de igualdad. Y menos con criminales. En cualquier caso, el hecho de ser familiar de las víctimas no genera ningún derecho ni facultad para pedir justicia, más allá de la lógica pataleta.

Por otra parte pagar un rescate no es una solución pacífica, porque las soluciones pacíficas son bilaterales. Sería el fin (no una solución) de una violencia ejercida previamente-unilateral- por haber logrado esta su objetivo. Ni siendo ni solución ni pacífica, no veo sus ventajas más allá de que el gobierno se ampare en haber actuado en un cliché de reciente factura, que consiste en que lo civilizado y noble es no enseñar los dientes en la comunidad internacional. Churchill, por este razonamiento, era un gran déspota, un retrasado mental, un reaccionario y un necesitado de las enseñanzas de juventudes o nuevas generaciones, forja insigne de estadistas. Y premio Nobel de literatura, claro.

Además, han denunciado que en toda la jornada de ayer ninguna institución se puso en contacto con ellos y que, al intentar ellos llamar, fueron ignorados.

De nuevo: ser familiar de un secuestrado no es título alguno para participar o influir en la toma de decisiones del Estado. Se ha extendido la creencia, por el populacheo de los políticos, de que el familiar debe ser informado, consultado y hasta condecorado. Decía una viuda esta mañana que ellas no quieren una medalla: descuide, no veo donde está el mérito en ser secuestrado y que te maten o te suelten. Y conste que, desde luego, estoy en el bando español y quiero su liberación. Pero comportándose España no como un familiar-yo, desde luego, pagaría si pudiera el secuestro de mi padre o hijo o primo, porque es lo único que puedo hacer (no tengo ejercito)- sino como un Estado. Por eso los failiares ni juzgan ni deciden: no sabríamos hacer lo debido.

Por último, han “solicitado al conjunto de la sociedad y de los partidos su solidaridad y adhesión a sus exigencias”.

Sus exigencias-no se sabe si de ellos o de los piratas, pero da igual, pues son las mismas- consisten en la sumisión de un Estado a la voluntad de un analfabeto somalí con una pistola y un barco. Dicha sumisión entraña el compromiso de someterse en el futuro, lo que aumenta de modo notable las probabilidades de que los barcos españoles sean objeto de secuestro.

Me pasa a diario, antes de cada comida, pero hoy con más intensidad: qué desgracia no haber nacido cerca del Támesis.

piratas

No creo que la piratería haya cambiado gran cosa en los últimos dos mil quinientos años. Robas un barco decente, consigues tripulación y te dedicas a llenarte los bolsillos para que poner un pie en tierra y llamar a la puerta del prostíbulo sean la misma cosa. La libertad es geométrica y no hay sitio en la faz de la Tierra en que uno se sienta más libre que en el mar, sentado en proa, recibiendo en la cara besos de espuma y sal. El mar tiende a infinito, y por tanto es-por geometría- un refugio de infinita libertad.

Normalmente los piratas eran marineros hastiados de la disciplina de los capitanes. El capitán pirata dormía y comía como sus hombres, codo con codo, compartiendo harapos. Existía una suerte de economía comunal, un embrión de libertad. Cuando los piratas capturaban un barco sometían a la voluntad de la tripulación vencida la ejecución de su capitán. Contra un oficial justo no se tomaban represalias.

Estoy de acuerdo con la visión romántica del pirata, pero creo que deben hacerse dos precisiones para no parecer imbécil. Primera: un pirata sentía los impulsos de libertad como una masa indistinta, como una súbita excitación. No los habría puesto en verso jamás ni habrían trascendido su interior. Segundo: al igual que el pirata como individuo guardaba el posible romanticismo-o sea, lo que sería romanticismo para los no piratas- para sí, el deseo de justicia de la piratería en su conjunto se reducía a sus miembros. Se reservaban para los demás torturas, ejecuciones e injusticias de todo tipo.

Un pirata es un pirata: salvaje, analfabeto, enseñoreado en un barco robado y dispuesto a dar muerte a cualquiera, por muy poco. Parece que sólo puedan lavar su libertad con sangre ajena. La nacionalidad de los piratas, hoy, tiende a ser oriental o africana. Lógicamente: no hay piratería sin un régimen previo de sumisión. Sin embargo el Estado occidental ha cambiado notablemente. Somos Estados sociales, democráticos y de Derecho. Mejor ni entremos a analizar esto, a ver si nos hacemos daño. El Estado del siglo XVII, muy ineficaz para proteger a sus ciudadanos dentro de sus fronteras, fue muy eficiente creando o aniquilando piratas. Apunten, fuego, un barco menos. Contra los piratas berberiscos se combatía exactamente igual que contra una fuerza naval estatal. El siglo XX reglamentó el mar. Dijo: hasta aquí tuyo. Principalmente por el petróleo de la plataforma continental y los bancos de túnidos.

Me preocupa que la gente con un mínimo de formación jurídica-o que pretende aparentarla- opine con tanta liberalidad sobre esta cuestión. Hace poco leí a un señor muy culto y algo menos inteligente-pero inteligente también y mucho- que los piratas, en esto del secuestro de los pescadores vascos en Somalia, no eran los somalíes; sino los españoles, por ir a pescar allí. Naturalmente una infracción pesquera no se considera piratería, sino una violación de los Tratados Internacionales sobre pesca, con consecuencias distintas. Tal vez la opinión sólo quisiera distinguirse, que es el vicio de los intelectuales, pero me parece un desperdicio de medios. Una ceguera: el chico del rifle es el pirata, el otro el marinero. Ojo, lo mismo el marinero es un chorizo. La cuestión no es la ilicitud, sino el tipo de ilicitud. El homicida y el ladrón van a la cárcel, pero no tienen la misma pena. Me s’entienda.

Una opinión de creciente beneplácito es la intervención militar. Cuando los civiles opinan-opinamos- sobre lo militar solemos hacer el ridículo, porque nuestra representación de la realidad es ficticia. Los tiroteos son más rápidos y secos, las balas suelen acertar a la primera o la segunda. Intervención militar no es sinónimo, aquí, de cuerpos de elite entrando sin ser vistos y eliminando piratas como en el Commandos, a este lo estrangulo, a este lo apuñalo, este que me guíe al puente de mando que me voy a quedar solo. Creo que una intervención militar, a estas alturas de película, entrañaría la muerte de algún militar español y de más de un pescador. Desde luego también la de muchos piratas.

La cuestión es otra: ¿merece la pena una intervención militar, con ese coste?

Los familiares están indignados porque, según ellos, el Gobierno está engañándolos. Pues claro. Nos engañan a todos. La ministra de defensa dijo ayer que, pase lo que pase, toda la actuación española estará inspirada por el principio de que los pescadores no sufran daño. Error: usted no está tratando con niños en una piscina de bolas, sino con un secuestro perpetrado por piratas. El único principio que no debería olvidarse es que los pescadores pueden sufrir daño en cualquier momento. La evolución de la objeción de conciencia en España ha llevado de la mano el nacimiento de la noción militar, ciertamente inaudita, de que pertenecer al ejercito no entraña riesgo de muerte. Una misión de paz es, forzosamente, una misión de guerra: si no hubiera guerra pacificar sería innecesario. Hasta 2004 en la ONU se hablaba de “asesinatos selectivos”. Como muchos entonaron un armonioso What the fuck?, empezaron a hablar de “asesinatos”. Si alguien tiene curiosidad por saber a qué se dedica el ejército sólo tiene que sustituir “misión humanitaria” o “de paz” por “contingente armado enviado a la guerra”. Los resultados comenzarían a cuadrar.

El problema de la violencia es que es una solución tremendamente eficaz en la práctica. ¿Más espacio? Conquisto una colonia. ¿Mano de obra barata? Esclavizo una nación vecina. ¿Barco pirata? Cañonazo a la línea de flotación. Sin embargo entraña un coste moral que la hace indeseable. Ciertos gobiernos tienen complejos más intensos a la hora de usar la violencia, parecen tener más músculos en la lengua que en los brazos. Querría yo ver a los piratas contemplando a tres leguas la Union Jack ondeando en el pabellón de tres fragatas inglesas. Apostaría por la inmediata liberación y una invitación a té para Isabel, cuando ella pueda o quiera, que estamos aquí para servirla.

La vía negocial: muy notable. Sería sabio regatear con clase y tino, para que cuando secuestren otro barco el mes que viene el precio no se nos dispare. Como gesto de buena voluntad podríamos adjuntar en el sobre una tabla de aranceles, cama aparte, para que el pirata pueda decir: me lo sueltas, que es pequeño.

Me pregunto si la intervención armada, asumiendo su coste, parecerá más razonable conforme más violencia hayan desplegado los piratas. Si los tres tripulantes amenazados hoy de muerte son asesinados antes del almuerzo, ¿sería más legitima la intervención? Se habría conseguido un análisis pasional, no racional, y un punto de partida con tres muertos más. Será que yo, que no tengo ya padre para que se me muera o me lo maten, opino como un pollo de barra, pontificando machito tras el carajillo: a veces, para hacer las cosas bien, hay que morirse o dejar que te maten.

Al menos si quieres salvar la vida. Una salus victis nullam sperare salutem.

La niña torera

Pues resulta que Sotheby’s, esa casa de subastas británica que podría montar un museo con sus fondos, expone en Madrid los lotes que se subastarán en Londres, Dios mediante, el 24 de noviembre. Entre los cuadros está “La niña torera”, firmado por Julio Romero de Torres. Una mujer joven aparece desnuda de torera, en primer plano, en la boca del pasillo que da al ruedo de la plaza de Las Ventas. Lo que te sacude de los cuadros de Julio Romero de Torres es que la ropa de las modelos no cubre su desnudez. Te las desnuda vistiéndolas, como dándoles un icono que identifique la carne blanca de las modelos. La posante, en este, fue Elena Pardo.

Sotheby’s dice: entre 275.000 y 385.000, great Spanish painter, you know. A perfect combination of realism and impressionism, man. Al marco invita la casa, que estamos rumbosos y entendemos lo de la crisis. Aflojando.

Supongo que nuestro ayuntamiento no va ni a intentarlo. Ahora somos muy comedidos, muy de obra pública, muy de leer la letra pequeña de los presupuestos por si peligra el pan de centeno de los concejales. La cosa será más o menos así:

-Sotheby’s: Monsieur le enchérisseur, Votre Grâce me fera-t-elle l’honneur d’accepter ce tableau?

-Pujador de por ahí: no sé, las patillas de la torera me parecen un punto excesivas. No quiero modernismos en mi museo.

-Director de museo British: tell me how much.

-Pujador 2: es que mi país está en crisis, si no… qué bello.

-Director de museo British: come on guys, I want it, just tell me how much.

-Pujador 3: ¡qué lástima no llevárselo a casa!

-Gobierno inglés: fuck you, Sotheby’s! Gimme, gimme, gimme!

-Ayuntamiento de Córdoba: la situación obliga a este sacrificio, viendo en tierra extraña cómo se aleja el cuadro del amadísimo Julio, condenado a vagar por colecciones privadas hasta el día añorado en que la fortuna, implacable, lo devuelva al seno de la plaza del Potro junto a sus hermanos, para solaz nuestro y de nuestra capital, siempre en deuda con…

-Cualquiera de habla inglesa: stop it man, I’ve bought it already. Let me introduce you to my little daughter if you want to cry some more.

Hace unos años sucedió lo mismo, y Rosa Aguilar, alcaldesa entonces, se plantó en Londres con un maletín y puso a hervir la sangre de los coleccionistas británicos, que tuvieron que vendarse el navajazo en el orgullo haciendo jirones el título de Lord. Fíjate en lo que pasa cuando andas jodiendo con una administración que no mira la billetera. A mí esa chulería me pone la mano temblorosa delante de la urna, no sé, como poseído de orgullo bolchevique. Salía un cuadro, lo quería un coleccionista millonario, Rosa se plantaba en un salón tradicionalmente vetado, con su idioma español, su comunismo, su metro sesenta escaso entre torres de metro noventa y tantos bien criadas desde Enrique VIII, y les pegaba en la boca, y que ladraran aquí y allí. Hay dos cosas que me encantan de Rosa Aguilar: una que siempre se quedaba hasta el final de los actos, y si tenía prisa prescindía de la copa. La otra que es dura. La mirabas y te decías: esta mujer es dura de verdad.

La actividad del ayuntamiento de Córdoba, últimamente, consiste en ver al alcalde en funciones discutiendo por cuatro perras con el jefe de filas del Partido Popular. No se han dado cuenta de que cualquiera que sepa leer se percata desde el primer párrafo de que no discuten por nuestras perras, sino por sus perras, o sea, por la preocupación de que la rentabilidad de una concejalía descienda. En España la gente no dimite porque existe un servilismo natural hacia el político, un dejarle el mejor sitio y pruebe usted de esto, mucho gusto en invitarle, aquí como en su casa no faltaba más. No hay una adicción al cargo, sino a su prebenda: sienta mal perder el coche oficial y la línea de móvil, porque cuando dejan de lamerte el resto de baba da frío.

A lo que iba: sé que no va a pasar, pero siento un cosquilleo en la entrepierna pensando en que Tejada, Blanco y Nieto, dueños de este cortijo; están hablando un día de sus cosas y sale el tema de la capitalidad cultural del 2016. Y se dan cuenta de que con los últimos presupuestos de la Junta de Andalucía en vez de poner sobre la mesa 18 millones  para el Palacio de Congresos de Miraflores nos van a endosar 20, por nuestra cara, porque a algún funcionario se le habrá corrido la celda del excel o quería cuadrar la cuenta y no tener picos. Me imagino que de aquí al veinticuatro alguno dice: ¿sabes que estaría del carajo? Trincamos los dos millones de más que estaban sin presupuestar, cogemos medio, vamos a Londres y compramos La niña torera. Dándole emoción, ¿sabes? Que primero pujen los ingleses, dos o tres japoneses y un coleccionista austríaco, y justo ahí levantamos la mano y le murmuramos al gentilhome: por mis cojones que me llevo el cuadro a Córdoba, ya puedes ponerte como quieras. Y nos sobra millón y medio, total, y fíjate en el tanto que nos marcamos.

Pero no pasará. Habrá que prestar atención a la decoración del Palacio de Congresos y los fuegos fatuos de 2015-ahí sí que nos vamos a reír- para ver en qué hacía falta gastarse los cuartos de verdad.

Les temo.

Desde mañana actualizo a diario. Y hasta pienso cambiar el diseño, las categorías y los temas.

Y la mala leche.

Hallelujah!!

Barney Stinson, de HIMYM, es uno de los personajes cómicos-tal vez no tanto- más logrados de los últimos años. Un personaje carismático es el que genera un impulso de imitación en los demás, aunque no se comparta necesariamente su forma de ser o pensamiento. Es un pensar sobre otro: “esa idea es buena”.

Barney tiene algunas ideas fabulosas. El Bro Code, sin dejar de ser una animalada, es una animalada tan bien hecha que resulta una celebración de la masculinidad clásica, como Rob Fleming en Alta Fidelidad. Sus costumbres, perversas, son divertidísimas casi siempre. Dan ganas de adaptarlas, que es tanto como reconocer la validez del fondo, del método, de la actitud. El guionista debe ser un compañero de farra formidable.

En el capítulo 1×11, “La limusina”, Barney expone la necesidad de estar siempre “psyched”, o sea, “eufórico”. Salir  a la calle con the right frame of mind. Suele conseguirse con música. TCTR lo estudió hace algún tiempo, la canción Girls just wanna have fun es un clásico del peinado ante el espejo y Barney propone veinte canciones o así para salir bailoteando por las aceras empapado en endorfinas.

El recopilatorio es brutal, empieza alto y sigue alto. Camina por la frontera entre el ridículo y lo épico. Lo ha tenido tan fácil como tirar del rock ochentero y las voces masculinas melódicas, que por desgracia ya no se llevan entre los rockeros. Eso pasa por drogarse con salud.

La lista de canciones sale en el capítulo, y se desarrolla en el Bro Code y el blog de la cadena. Son las siguientes:

Imagen 6

Dense el gusto, son 80 megas de delirio a los que subir el volumen al volante. Se puede descargar aquí. ( http://www.megaupload.com/?d=69YATUP6 )

As a matter of worship: Thunderstruck!

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